Con este fin, se reagrupa a los niños para escuchar la historia. Pueden hacerlo con sus disfraces o con los materiales que estén utilizando. Se trata de ayudar a que el niño viva intensamente el movimiento en el pensamiento sin perder la carga emocional. Esto se realiza así, con el fin de que el niño conserve la emoción y la representación de lo imaginario. Por ello, en esta dinámica de trabajo que se desarrolla en la sesión, es necesario primero que el niño viva el movimiento intensamente y después utilizar aquellas estrategias que permiten el paso del cuerpo al pensamiento y a la movilización del pensamiento. De esta manera, estaremos cumpliendo el fin último de la práctica psicomotriz, que consiste en hacer posible que el niño experimente una gran riqueza de vivencias, que generen en él numerosas representaciones mentales. A partir de las mismas, el niño establecerá multitud de relaciones creativas con el mundo que le rodea. El momento de la representación puede ser considerado también como una manifestación de la unidad corporal, a través de las producciones gráficas, de la ocupación del espacio con las construcciones en madera, dibujo, o representaciones con la plastilina. Hay en estas producciones descentración, representación de los recuerdos, una energía motriz y física cuyo origen está en la pulsión del placer. El niño, en su vida fantasmática original, es capaz de captar la realidad y la riqueza de la vida exterior, tanto a partir de la acción y de la vida exterior, como a partir de la acción y del acto gráfico.
martes, 8 de diciembre de 2009
Sesion Psicomotríz
Metodología de las sesiones
La metodología seguida en las sesiones estará dirigida a proporcionar un itinerario madurativo que permita al niño vivir la historia de la formación del pensamiento, como explicaré a continuación.
La primera parte de la sesión comienza por los juegos de seguridad profunda, que se pueden iniciar con la destrucción de una gran torre de cojines por parte de los niños. Disponer los cojines de gomaespuma de esta manera es una provocación para que el niño los destruya, puesto que la destrucción libera las representaciones mentales a la vez que libera lo tónico-emocional (Winnicott, 1978). O dicho de otra forma, en la acción de empujar hay un desgaste de energías que favorece la disminución de tensiones tónicas y musculares, visuales, auditivas, cutáneas, en definitiva, de toda la sensorialidad propioceptiva y exteroceptiva. La liberación de estas tensiones tiene gran importancia para movilizar y liberar las emociones. El hecho de derribar los cojines entraña también un simbolismo unido al hecho de verlos caer; el niño, al darse cuenta mediante esta acción de que esa gran montaña aparece y reaparece, empieza a realizar juegos de aparecer-desaparecer, construir-agrupar-dispersar, ligados a un gran placer corporal, a la risa, a gritos de alegría, ganas de correr, comunicarse con los otros a través de los objetos y en el espacio.
El niño, debido a la gran liberación de la musculatura en los juegos de seguridad profunda, alcanza una mayor disponibilidad motriz, que propicia los juegos sensoriomotores. Podemos comprobar, de esta manera, cómo en una primera parte de la sesión muchos niños alternan ambos tipos de situaciones, mientras que otros pasan de los juegos de seguridad profunda a los juegos sensoriomotores.
En los juegos de placer sensoriomotor el niño experimenta situaciones corporales en las que percibe y controla los parámetros externos. A través de dichos parámetros, sobre todo del espacio, toma conciencia de los parámetros exteriores y participa entonces de la conciencia del esquema corporal.
La sensoriomotricidad enlaza con los juegos simbólicos. Por medio de ellos, el niño da a los objetos reales un uso simbólico, lo que pone de manifiesto su capacidad creadora. Afectividad y simbolización aparecen íntimamente unidas permitiendo vivir al niño su vida fantasmática, dentro de un contexto de realidad que le ayuda a adquirir su identidad. Por medio del juego simbólico, el niño transforma los objetos reales en simbólicos, proceso cargado de emoción a partir del que hace un análisis de los parámetros cognitivos de los objetos. Estos juegos implican un recorrido intelectual del que el niño no es consciente al estar inmerso en sus afectos, pero que está poniendo en juego el desarrollo de su inteligencia. Cuando el niño juega con los objetos trasladando características cognitivas de los mismos a objetos reales presentes en la sesión de psicomotricidad (escopeta o espada a palo, volante de un coche a un aro, piscina en una colchoneta, etc.) y realiza también el proceso inverso, moviliza una amplitud de funciones intelectuales y, sobre todo, la capacidad de anticipar.
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La primera parte de la sesión comienza por los juegos de seguridad profunda, que se pueden iniciar con la destrucción de una gran torre de cojines por parte de los niños. Disponer los cojines de gomaespuma de esta manera es una provocación para que el niño los destruya, puesto que la destrucción libera las representaciones mentales a la vez que libera lo tónico-emocional (Winnicott, 1978). O dicho de otra forma, en la acción de empujar hay un desgaste de energías que favorece la disminución de tensiones tónicas y musculares, visuales, auditivas, cutáneas, en definitiva, de toda la sensorialidad propioceptiva y exteroceptiva. La liberación de estas tensiones tiene gran importancia para movilizar y liberar las emociones. El hecho de derribar los cojines entraña también un simbolismo unido al hecho de verlos caer; el niño, al darse cuenta mediante esta acción de que esa gran montaña aparece y reaparece, empieza a realizar juegos de aparecer-desaparecer, construir-agrupar-dispersar, ligados a un gran placer corporal, a la risa, a gritos de alegría, ganas de correr, comunicarse con los otros a través de los objetos y en el espacio.
El niño, debido a la gran liberación de la musculatura en los juegos de seguridad profunda, alcanza una mayor disponibilidad motriz, que propicia los juegos sensoriomotores. Podemos comprobar, de esta manera, cómo en una primera parte de la sesión muchos niños alternan ambos tipos de situaciones, mientras que otros pasan de los juegos de seguridad profunda a los juegos sensoriomotores.
En los juegos de placer sensoriomotor el niño experimenta situaciones corporales en las que percibe y controla los parámetros externos. A través de dichos parámetros, sobre todo del espacio, toma conciencia de los parámetros exteriores y participa entonces de la conciencia del esquema corporal.
La sensoriomotricidad enlaza con los juegos simbólicos. Por medio de ellos, el niño da a los objetos reales un uso simbólico, lo que pone de manifiesto su capacidad creadora. Afectividad y simbolización aparecen íntimamente unidas permitiendo vivir al niño su vida fantasmática, dentro de un contexto de realidad que le ayuda a adquirir su identidad. Por medio del juego simbólico, el niño transforma los objetos reales en simbólicos, proceso cargado de emoción a partir del que hace un análisis de los parámetros cognitivos de los objetos. Estos juegos implican un recorrido intelectual del que el niño no es consciente al estar inmerso en sus afectos, pero que está poniendo en juego el desarrollo de su inteligencia. Cuando el niño juega con los objetos trasladando características cognitivas de los mismos a objetos reales presentes en la sesión de psicomotricidad (escopeta o espada a palo, volante de un coche a un aro, piscina en una colchoneta, etc.) y realiza también el proceso inverso, moviliza una amplitud de funciones intelectuales y, sobre todo, la capacidad de anticipar.
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Descentrando al participante.
Este espacio se dedica a proporcionar al niño actividades tales como construir, dibujar, trabajar con la plastilina, o hacer collages, permitiéndole distanciarse de lo que ha vivido.
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