Con este fin, se reagrupa a los niños para escuchar la historia. Pueden hacerlo con sus disfraces o con los materiales que estén utilizando. Se trata de ayudar a que el niño viva intensamente el movimiento en el pensamiento sin perder la carga emocional. Esto se realiza así, con el fin de que el niño conserve la emoción y la representación de lo imaginario. Por ello, en esta dinámica de trabajo que se desarrolla en la sesión, es necesario primero que el niño viva el movimiento intensamente y después utilizar aquellas estrategias que permiten el paso del cuerpo al pensamiento y a la movilización del pensamiento. De esta manera, estaremos cumpliendo el fin último de la práctica psicomotriz, que consiste en hacer posible que el niño experimente una gran riqueza de vivencias, que generen en él numerosas representaciones mentales. A partir de las mismas, el niño establecerá multitud de relaciones creativas con el mundo que le rodea. El momento de la representación puede ser considerado también como una manifestación de la unidad corporal, a través de las producciones gráficas, de la ocupación del espacio con las construcciones en madera, dibujo, o representaciones con la plastilina. Hay en estas producciones descentración, representación de los recuerdos, una energía motriz y física cuyo origen está en la pulsión del placer. El niño, en su vida fantasmática original, es capaz de captar la realidad y la riqueza de la vida exterior, tanto a partir de la acción y de la vida exterior, como a partir de la acción y del acto gráfico.
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